El niño que me enseñó a modelar sin ver

 

Hay historias que uno cuenta muchas veces. Y hay otras que, aunque pasen los años, permanecen guardadas en algún rincón del corazón y aparecen de repente, sin avisar, como si Dios nos dijera:

 

“¿Te acuerdas de esto? Todavía tienes algo que aprender.”

 

Hoy quiero contar una de esas historias. Era el año 2013 y yo estaba viviendo una de las etapas más emocionantes de mi carrera con la plastilina. Las puertas comenzaban a abrirse una detrás de otra. Mis talleres se habían multiplicado, los escenarios donde me invitaban a participar eran cada vez más grandes y aquella pequeña idea de trabajar con plastilina había comenzado a viajar mucho más lejos de lo que alguna vez imaginé. Incluso había tenido la oportunidad de ser entrevistado por Telemundo, y aquella entrevista coincidió con una portada del diario El Comercio, uno de los periódicos más importantes del Perú.

 

Para mí era emocionante. Debo reconocerlo: estaba feliz. Muy feliz.

Sentía que todo estaba funcionando. Que había encontrado mi camino.

Que finalmente muchas personas estaban descubriendo aquello que yo llevaba tantos años haciendo con mis manos.

 

Y fue precisamente en medio de ese momento de reconocimiento cuando apareció una mujer que me enseñaría una de las lecciones más importantes de mi vida.

“Solo usted puede ayudar a mi hijo”

 

Una mañana, aproximadamente a las 9:30, mientras desarrollaba uno de mis talleres, llegó una señora. Me dijo algo que me llamó inmediatamente la atención:

—Señor Raúl, necesito que venga conmigo. Solo usted puede ayudar a mi hijo.

Yo le expliqué que mis talleres terminaban a la una de la tarde.

Ella respondió:

—No hay problema. Yo lo espero.

Y se quedó allí.

 

Al principio, confieso que me incomodaba un poco tenerla observándome durante tanto tiempo. Pero después entendí que no estaba fiscalizando mi trabajo. Estaba maravillada. Observaba cómo desarrollaba las actividades, cómo hablaba con los niños, cómo utilizaba la plastilina y cómo conseguía que ellos se involucraran. Cuando finalmente terminé mis talleres, nos fuimos. Llegamos a una casa enorme.

Era una vivienda lujosa, elegante, de esas que impresionan desde el primer momento. La señora era la esposa de un cónsul que se encontraba en el Perú y que estaba próximo a regresar a su país.

Me dijo:

—El dinero no es problema.

Yo le respondí:

—Señora, antes de hablar de dinero, dígame qué sucede con su hijo. ¿Por qué no lo trae a mi taller?

 

Entonces me explicó que su hijo era extremadamente introvertido, que prácticamente no se relacionaba con otras personas y que ya había sido atendido por varios psicólogos y terapeutas, sin que ninguno lograra conseguir lo que ella esperaba. Finalmente entramos a la casa.

Y entonces ocurrió algo que todavía recuerdo perfectamente. Una habitación llena de dinosaurios. Cuando entré a la habitación del niño quedé impresionado. Parecía una juguetería. Pero no cualquier juguetería. Era como entrar en una escenografía de Jurassic Park.

 

Había juguetes por todas partes, dinosaurios, elementos relacionados con la prehistoria, colores, formas y objetos. Recuerdo que pensé:

“Este niño debe amar los dinosaurios.”

Pero entonces lo vi. Casi escondido en una esquina de aquella enorme habitación, había un niño sentado. Con la cabeza agachada. Solo. La mamá se acercó y me dijo unas palabras que me dejaron completamente paralizado:

—Es que mi hijo es ciego. Ha perdido las ganas de vivir, de jugar… de ser niño.

 

No sabía qué hacer. No sabía qué decir. Yo estaba acostumbrado a enseñar plastilina. A trabajar con niños. A hacerlos reír. A crear personajes. Pero nunca había estado frente a una situación así. Me acerqué. Intenté hablarle. No respondió. Hice bromas. Nada.

 

Entonces tomé una bola de plastilina y se la acerqué. Él la agarró y me la lanzó directamente a la cabeza. Bueno... Ahí pensé:

“Perfecto, por lo menos ya conseguimos comunicación.”

Intenté de todo. Le expliqué mis famosas tres formas básicas para modelar. Pero él se molestó.

—¡Usted no tiene idea de lo que está hablando!

Me quedé en silencio.

Y entonces comenzó a contarme su historia.

“Yo quiero ver”

Me dijo que era ciego de nacimiento. No había perdido la vista. Nunca había visto. Nunca había conocido un color. Nunca había observado un rostro. Nunca había contemplado un paisaje. Nunca había visto un dinosaurio. Y entonces me dijo algo que todavía puedo escuchar en mi memoria:

—Yo quiero ver.

Me contó que había rezado muchas veces para que Dios le permitiera ver. Que tenía unas ganas enormes de conocer el mundo. Y que era fanático de los dinosaurios.

 

Pero había algo que me golpeó profundamente. Él amaba los dinosaurios...

sin saber cómo eran.

Yo estaba parado en aquella habitación rodeado de imágenes, juguetes, colores y formas que él jamás había podido observar.

 

Entonces comprendí que el verdadero problema no era enseñarle a modelar. El problema era:

¿Cómo le enseñas a representar algo que nunca has visto?

Me quedé sin respuestas. Y entonces hice lo único que sabía hacer cuando no tenía respuestas. Le dije a Dios:

“Diosito, ilumíname.”

 

Entonces entendí algo De repente tuve una idea. Tomé una venda y me cubrí los ojos. Le dije:

—Vamos a hacer algo diferente. Yo tampoco voy a ver.

Y comencé a explicarle las formas. Pero esta vez no desde la mirada.

Desde las manos. Le permití tocar la plastilina. Sentirla. Apretarla. Estirarla. Redondearla. Y mientras sus manos exploraban, yo iba describiendo lo que estábamos construyendo.

 

No podía decirle:

  • “Hazlo así porque así se ve.”

Tenía que decirle:

  • “Imagina que esto es una bola.”
  • “Ahora alárgala.”
  • “Esta parte será la cabeza.”
  • “Pon tus dedos aquí.”
  • “Ahora vamos a hacer las patas.”

Y entonces apareció otra herramienta: La imaginación. Si estábamos haciendo un dinosaurio, yo hacía sonidos.

  • —¡Grrrrrrr!

Le describía cómo caminaba. Cómo podía moverse. Cómo podía ser su cuerpo. Y poco a poco sucedió algo maravilloso. Primero apareció una pequeña sonrisa. Después una sonrisa más grande. Luego una risa tímida. Y finalmente aquella habitación comenzó a llenarse de algo que, hasta unos minutos antes, parecía haber desaparecido: la alegría de un niño. Continuamos trabajando: Uno, dos, tres dinosaurios. Y seguimos.

Hasta que terminamos aproximadamente ocho. ¿Eran perfectos? No.

¡Para nada! Si los hubiera visto un paleontólogo probablemente habría tenido muchísimo que decir.

 

Pero había un pequeño detalle:

  • Ese niño nunca había visto un dinosaurio.
  • Nunca había visto una fotografía.
  • Nunca había visto un dibujo.
  • Nunca había visto sus colores.
  • Nunca había visto sus proporciones.

Y, aun así, consiguió crear sus propios dinosaurios utilizando únicamente aquello que podía sentir, imaginar y construir con sus manos.

 

Yo estaba emocionado. Muchísimo. “Su sonrisa es suficiente”. Cuando terminamos, su mamá quiso pagarme. Yo le dije:

—Señora, no me tiene que pagar.

Ella insistió.

Y entonces le respondí:

—De verdad. La sonrisa de su hijo es suficiente para mí.

Pero ella volvió a insistir.

Y jamás voy a olvidar lo que ocurrió después.

Me pagó el triple de lo que habíamos acordado.

Salí de aquella casa con una enorme emoción.

 

Pero también con una pregunta que comenzó a dar vueltas en mi cabeza:

 

¿Qué acababa de suceder realmente?

 

Yo había ido a enseñarle plastilina a un niño. Y terminé aprendiendo una lección que jamás olvidaría.

 

El dinero tomó otro camino

 

En el camino de regreso ocurrió otra cosa.

Con parte de ese dinero pude comprar comida para cinco niños que encontraba habitualmente en la calle. Ese día comimos juntos un buen banquete de KFC y además pudieron llevarse algo de dinero. La parte que me correspondía la llevé a mi casa. Pero, curiosamente, sentía que aquel dinero ya no era exactamente mío.

Porque había llegado a mis manos gracias a la sonrisa de un niño.

Y de alguna manera, aquella sonrisa había conseguido multiplicarse.

 

Años después entendí la verdadera lección

 

Pasaron los años. Y llegó la pandemia. Todo cambió. Las escuelas cerraron. Los niños dejaron de asistir presencialmente a clases.

 

Y entonces recibí una llamada de una antigua maestra llamada Luz que estaba trabajando para el Ministerio de Educación.

Me propusieron participar en “Aprendo en Casa” y me encargaron realizar tutoriales de plastilina dirigidos a niños de diferentes lugares del Perú, incluyendo comunidades rurales donde los recursos eran muy limitados.

 

Y entonces apareció un pequeño detalle. Muchos de esos niños no tenían internet. Algunos ni siquiera tenían televisión. Lo único que tenían era una radio. Cuando me explicaron que debía hacer tutoriales de plastilina para radio, pensé:

“¿Cómo voy a enseñar plastilina por radio?”

Era una pregunta completamente lógica. ¿Cómo enseñar algo visual utilizando únicamente el sonido?

 

Y entonces recordé a aquel niño.

El niño que nunca había visto. El niño que me había enseñado que para crear no siempre necesitamos mirar. Recordé que aquella vez tuve que cambiar mi manera de enseñar.

 

Tuve que dejar de explicar desde la vista y comenzar a explicar desde el tacto, el sonido, la imaginación y las palabras.

 

Entonces hice exactamente lo mismo. Si aquel niño podía construir un dinosaurio sin verlo, nosotros podíamos enseñar plastilina sin mostrarla.

Y aquellos tutoriales terminaron convirtiéndose en una experiencia maravillosa. Funcionaron. Y cada vez que lo pienso, regreso mentalmente a aquella habitación de 2013.

 

El vaso siempre puede estar medio lleno

 

Con los años he aprendido algo que intento recordar cada vez que aparece una dificultad: Cada experiencia puede dejarnos algo. Incluso aquellas que inicialmente parecen imposibles.

 

Aquel día yo pensé que iba a enseñarle algo a un niño. Y terminó siendo él quien me enseñó a mí. Me enseñó que cuando una puerta se cierra, no necesariamente significa que se terminó el camino.

 

A veces significa que tenemos que buscar otra manera de entrar.

Me enseñó que no siempre necesitamos los ojos para imaginar.

Que las manos también pueden ver. Que la imaginación puede convertirse en un puente. Que una limitación puede obligarnos a descubrir capacidades que no sabíamos que teníamos.

 

Y, sobre todo, me enseñó que una experiencia difícil puede convertirse mañana en la herramienta que necesitamos para resolver un problema que todavía ni siquiera conocemos.

 

Por eso hoy quiero dejarte una pregunta:

¿Qué experiencia difícil estás viviendo ahora que quizá algún día se convierta en tu mejor herramienta?

 

Tal vez hoy no entiendas por qué estás atravesando determinada situación. Tal vez hoy solo puedas ver el problema. Pero espera:

  • Observa.
  • Aprende.
  • Guarda la experiencia.

 

Porque muchas veces aquello que hoy parece una dificultad, mañana puede convertirse en la respuesta que alguien estaba esperando.

Aquel niño no podía ver.

 

Y sin embargo, me ayudó a encontrar una manera de enseñar a miles de niños que tampoco podían ver mis manos.

 

Qué hermosa paradoja.

Un niño que nunca había visto terminó enseñándome a mí a mirar de otra manera.

 

Por eso, cuando la vida te presente un vaso aparentemente medio vacío, intenta no quedarte mirando solamente lo que falta.

Pregúntate:

¿Qué puedo hacer con lo que todavía tengo?

 

Porque quizá el secreto no está en esperar a que el vaso se llene. Quizá está en aprender a descubrir todo lo que todavía podemos hacer con la mitad que permanece. Y si alguna vez sientes que no puedes... recuerda a aquel niño. El niño que quería ver. El niño que construyó ocho dinosaurios sin haber visto jamás uno.

 

Y recuerda también esto:

A veces, Dios no cambia la realidad que tenemos delante.

A veces, nos cambia los ojos con los que la miramos.

Y cuando eso sucede...

hasta una bola de plastilina puede convertirse en una puerta hacia un mundo nuevo.

Raúl Vásquez — Comunicador, Artista y Educador Creativo