Plastilina y Neurociencia: Cuando las manos también piensan
Lo que ocurre en nuestro cerebro cuando transformamos una pequeña masa de plastilina en una idea
Hay una escena que puede parecer sencilla: una persona toma un pedazo de plastilina, lo amasa, lo aplasta, lo estira, lo divide, lo vuelve a unir y finalmente comienza a darle forma.
Desde afuera, parece simplemente una actividad manual.
Pero desde la perspectiva de la neurociencia, hay algo mucho más interesante ocurriendo.
Mientras las manos transforman la materia, el cerebro recibe información táctil, visual y propioceptiva; planifica movimientos; ajusta la fuerza; compara lo que está haciendo con lo que pretende conseguir; toma decisiones; corrige errores y construye una representación mental de aquello que está creando.
En otras palabras: Cuando modelamos con las manos, no solamente estamos haciendo algo con la plastilina. También estamos pensando con el cuerpo.
Esta idea conecta directamente con uno de los campos de investigación contemporáneos más interesantes de las ciencias cognitivas: la cognición corporizada o embodied cognition, que estudia cómo el cuerpo y la interacción con el entorno participan en los procesos cognitivos y de aprendizaje. Y aquí la plastilina adquiere un valor especial.
La plastilina: un material que responde a nuestras manos
Una de las características más interesantes de la plastilina es su plasticidad.
A diferencia de muchos materiales que obligan al niño o al adulto a aceptar rápidamente el resultado, la plastilina ofrece una posibilidad constante de transformación.
Esa característica modifica la relación entre la persona y el objeto.
La mano no solamente ejecuta una instrucción.
Explora.
La investigación neurocientífica sobre el tacto y el movimiento muestra que la manipulación de objetos depende de una interacción estrecha entre los sistemas somatosensorial y motor. La información táctil permite ajustar los movimientos mientras manipulamos un objeto, y las manos poseen una representación especialmente importante dentro de las áreas sensoriales y motoras del cerebro.
Por eso, cuando un niño amasa plastilina, no está realizando un movimiento aislado. Está integrando información sensorial y acción.
Las manos tienen una relación privilegiada con el cerebro
Las manos humanas poseen una enorme capacidad de discriminación táctil y de control motor fino.
El cerebro necesita recibir información constantemente para saber qué estamos tocando, cuánto estamos presionando, dónde se encuentra nuestra mano y cómo modificar el movimiento.
La investigación sobre el sistema táctil muestra que la información procedente de los dedos participa activamente en la manipulación y el control sensorimotor. Además, la piel de las yemas de los dedos es especialmente sensible a determinadas fuerzas producidas durante la exploración y manipulación de objetos.
Esto ayuda a explicar por qué una actividad como modelar puede ser cognitivamente mucho más rica de lo que aparenta.
Cuando hacemos una bolita de plastilina, por ejemplo, debemos controlar simultáneamente:
Es una conversación permanente entre mano, ojos, cerebro y objeto.
Plastilina y motricidad fina
Una de las aplicaciones más evidentes del modelado es el desarrollo de habilidades relacionadas con la motricidad fina.
Amasar, pellizcar, hacer pequeñas piezas, enrollar cilindros, unir elementos o trabajar detalles requiere movimientos precisos de dedos y manos.
Una revisión sistemática y metaanálisis sobre intervenciones dirigidas al desarrollo de la motricidad fina en niños de 0 a 6 años analizó 25 estudios y encontró efectos positivos en la motricidad fina, la coordinación visomotora y la destreza manual en los programas estudiados.
Esto no significa que la plastilina sea responsable de todos esos resultados, porque la revisión incluyó diferentes tipos de intervenciones motoras.
Sin embargo, existen además investigaciones específicas con playdough o plastilina que han encontrado mejoras en habilidades de motricidad fina en niños pequeños.
Por eso, cuando utilizamos plastilina en educación infantil, existe una base razonable para considerarla una actividad útil dentro de un conjunto más amplio de experiencias de desarrollo motor.
Pero la plastilina no solamente entrena los dedos
Aquí comienza la parte más interesante. Cuando un niño intenta representar un objeto tridimensional, necesita construir una representación mental de aquello que quiere crear.
Por ejemplo:
“Quiero hacer un perro.”
La idea inicial no es todavía un perro.
Es una representación mental.
El niño tiene que convertir esa representación en una serie de decisiones:
¿Qué forma tendrá el cuerpo?
¿Dónde estarán las patas?
¿Qué tamaño tendrá la cabeza?
¿Cómo conseguiré que se mantenga de pie?
¿Qué piezas necesito?
¿Cómo las voy a unir?
Esta transformación de una idea abstracta en un objeto concreto exige planificación, percepción espacial, coordinación y resolución de problemas.
Y aquí encontramos una conexión especialmente interesante con la llamada cognición corporizada.
Pensar con las manos
La cognición corporizada propone que los procesos cognitivos no pueden entenderse completamente separando la mente del cuerpo y del entorno.
En educación, esto ha llevado a investigar cómo las actividades que implican movimiento y manipulación pueden contribuir al aprendizaje.
Una revisión sobre aprendizaje corporizado señala que las experiencias que integran el cuerpo con la tarea pueden favorecer determinados procesos de aprendizaje y destaca mecanismos en los que intervienen sistemas sensoriomotores.
Esto resulta especialmente interesante para la plastilina.
Porque el concepto deja de ser exclusivamente abstracto.
Se convierte en algo que podemos tocar.
Cuando la plastilina se convierte en una herramienta para aprender
Existe evidencia directa de que el modelado con arcilla puede utilizarse como herramienta educativa.
Un estudio realizado con estudiantes de medicina utilizó modelos tridimensionales construidos con arcilla para aprender estructuras periventriculares del cerebro.
Los estudiantes que construyeron los modelos obtuvieron puntuaciones significativamente superiores en las evaluaciones frente a quienes recibieron la enseñanza de una manera más tradicional. Además, los investigadores observaron una mejor comprensión de las relaciones espaciales entre las estructuras.
Este resultado es particularmente interesante. No estamos hablando de una actividad artística realizada únicamente por diversión.
Estamos hablando de utilizar las manos para construir una representación tridimensional de un concepto complejo. Y algo similar se ha observado en investigaciones posteriores.
En 2024, un estudio prospectivo y comparativo examinó el uso del modelado con arcilla para mejorar la representación mental de estructuras geométricas y anatómicas en estudiantes de medicina. La investigación encontró resultados favorables para determinadas medidas de representación espacial y exploró el modelado como herramienta pedagógica y de evaluación.
La plastilina puede convertir lo abstracto en tangible
Pensemos en un concepto como:
“sistema solar”.
De repente, el estudiante puede construir los planetas, modificar tamaños relativos, establecer posiciones y representar relaciones espaciales.
La información deja de ser exclusivamente verbal o visual.
Se convierte también en una experiencia manipulable.
Algo parecido ocurre cuando utilizamos plastilina para representar:
No significa que manipular un objeto garantice el aprendizaje.
Significa que puede añadir una vía sensoriomotora a la experiencia educativa.
Plastilina y creatividad
Aquí entramos en uno de los campos más fascinantes de la neurociencia contemporánea:
¿Cómo crea el cerebro?
Durante mucho tiempo se habló de la creatividad como si fuera una especie de “talento” localizado en una región específica del cerebro.
La investigación actual presenta una imagen mucho más compleja.
La creatividad implica la interacción dinámica de diferentes redes cerebrales, entre ellas la red por defecto, la red de control ejecutivo y la red de saliencia. Estas redes participan, de diferentes maneras, en la generación, selección, evaluación y modificación de ideas.
Esto resulta muy interesante cuando observamos a una persona modelando.
Primero puede aparecer una idea:
“Quiero hacer un personaje.”
Después surgen posibilidades:
“¿Y si tiene tres ojos?”
“¿Y si tiene alas?”
“¿Y si la cabeza es enorme?”
Luego aparece la evaluación:
“No se sostiene.”
“Tengo que cambiar la base.”
“Esta forma no funciona.”
“Voy a hacerlo de otra manera.”
Eso es creatividad en acción.
Generar posibilidades y después evaluarlas.
Crear no significa solamente imaginar
La creatividad no termina cuando aparece una idea.
También necesitamos transformar esa idea en algo.
Y aquí el modelado tiene una característica extraordinaria:
la idea recibe retroalimentación inmediata de la materia.
Ese ciclo puede resumirse así:
imaginar → construir → observar → detectar → modificar → volver a intentar.
Es un pequeño laboratorio de creatividad.
La plastilina y las funciones ejecutivas
Las funciones ejecutivas son un conjunto de procesos cognitivos que permiten dirigir la conducta hacia objetivos.
Entre ellas encontramos procesos como:
La relación entre funciones ejecutivas y creatividad ha sido estudiada en niños y adolescentes.
Una revisión sistemática de 12 estudios encontró una relación particularmente clara entre flexibilidad cognitiva y creatividad, mientras que también encontró una relación negativa entre inhibición y determinadas medidas de creatividad. Los autores advierten, sin embargo, que la evidencia sobre otras funciones ejecutivas, como la memoria de trabajo, todavía no permite generalizaciones amplias.
La plastilina puede ofrecer situaciones en las que estas habilidades son necesarias.
Un niño que descubre que su construcción no funciona tiene que abandonar una estrategia y probar otra.
Eso es flexibilidad cognitiva.
La plastilina no “entrena automáticamente” todas estas funciones. Pero puede proporcionar situaciones naturales en las que estas funciones se ponen en juego.
El valor del error
Aquí encontramos una de las características pedagógicas más poderosas del modelado.
En plastilina, equivocarse generalmente no destruye el proceso.
Puede ser parte del proceso.
Si una figura queda mal:
se puede aplastar.
Si una pieza no encaja:
se puede retirar.
Si la proporción no funciona:
se puede modificar.
El error se convierte en información.
Esto puede favorecer una actitud experimental:
“¿Qué pasaría si lo hago de otra manera?”
Y esa pregunta es fundamental para la creatividad.
La neurociencia de la creatividad no describe el proceso creativo como una simple generación libre de ideas. La evidencia apunta a una interacción entre generación, evaluación y control.
La plastilina ofrece justamente un entorno donde esa interacción puede hacerse visible.
Plastilina y percepción espacial
Existe otra dimensión especialmente interesante: la representación tridimensional.
Dibujar un objeto y construirlo en tres dimensiones no son exactamente la misma experiencia.
Cuando modelamos, debemos considerar:
Una investigación publicada en Anatomical Sciences Education estudió precisamente el uso de arcilla para trabajar la representación mental tridimensional y encontró resultados favorables en determinadas medidas de representación geométrica y aprendizaje anatómico.
Esto sugiere que el modelado puede ser especialmente interesante cuando queremos enseñar conceptos espaciales.
Una experiencia especialmente reveladora: modelar para comprender
Existe un estudio muy interesante realizado con estudiantes de neurofisiología.
Los investigadores utilizaron plastilina y otros materiales manipulables para que los estudiantes construyeran modelos de estructuras como canales iónicos y células nerviosas.
Los estudiantes que participaron en las actividades manipulativas obtuvieron mejores resultados en las evaluaciones que quienes no realizaron esas actividades. Esto nos deja una pregunta poderosa:
¿Qué ocurre cuando dejamos de explicar algo solamente con palabras y permitimos que el estudiante lo construya?
No siempre aprenderemos mejor por utilizar materiales.
Pero determinados conceptos pueden beneficiarse de una representación concreta y manipulable.
Plastilina, emoción y bienestar
Aquí debemos ser todavía más cuidadosos.
Es frecuente encontrar afirmaciones como:
“La plastilina reduce el cortisol.”
“Modelar libera dopamina.”
“La plastilina cura la ansiedad.”
Estas afirmaciones son demasiado generales para la evidencia disponible.
Lo que sí sabemos es que las artes creativas pueden relacionarse con procesos de regulación emocional y bienestar, y existen investigaciones sobre intervenciones artísticas que han encontrado cambios en variables psicológicas y fisiológicas.
Por ejemplo, un estudio de cinco semanas con 77 estudiantes universitarios comparó una intervención de arteterapia basada en mindfulness con una tarea neutral con arcilla. El grupo de intervención presentó reducciones significativas en ansiedad y estrés percibido; también se observaron reducciones de cortisol salival, aunque los autores señalaron limitaciones y la necesidad de investigaciones adicionales.
Este detalle es fundamental:
el estudio no demuestra que la plastilina, por sí sola, sea un tratamiento contra la ansiedad.
Demuestra que una intervención estructurada de arteterapia basada en mindfulness produjo determinados resultados frente a una condición de comparación.
Por eso debemos evitar convertir un resultado específico en una promesa terapéutica general.
Crear también puede favorecer la atención
Cuando una persona está concentrada en una tarea manual compleja, necesita seleccionar información relevante y mantener un objetivo.
Esto puede generar períodos de atención sostenida.
En determinados casos, una actividad creativa puede conducir a una experiencia de profunda concentración. Algunas investigaciones contemporáneas relacionan los estados de flow con interacciones dinámicas entre redes cerebrales relacionadas con la atención, el control ejecutivo y la generación interna de ideas.
Pero nuevamente debemos ser rigurosos:
No toda actividad con plastilina produce flow.
El estado de flow depende de factores como el equilibrio entre desafío y habilidad, la concentración y la experiencia subjetiva de la tarea.
La plastilina puede crear condiciones favorables para una actividad profundamente inmersiva, pero no garantiza automáticamente ese estado.
La plastilina como puente entre arte y ciencia
Quizá una de las mayores virtudes de la plastilina sea que puede moverse entre diferentes áreas.
Puede ser:
arte.
Puede ser:
juego.
Puede ser:
educación.
Puede ser:
exploración sensorial.
Puede ser:
herramienta de representación.
Puede ser:
actividad motora.
Y, en contextos específicos y con profesionales capacitados, puede formar parte de intervenciones terapéuticas.
Esta diversidad explica por qué resulta tan interesante desde la neuroeducación.
No estamos trabajando solamente con una técnica artística.
Estamos creando un entorno de interacción entre cuerpo, cerebro, materia y significado.
Una advertencia importante: no todo es “neuro”
En los últimos años se ha vuelto muy popular utilizar palabras como:
neuroplasticidad, hemisferios cerebrales, dopamina, serotonina, neuronas espejo, cerebro creativo.
El problema aparece cuando estos conceptos se utilizan para justificar cualquier actividad educativa.
Por ejemplo, no existe fundamento suficiente para decir simplemente:
“La plastilina activa los dos hemisferios del cerebro y por eso aumenta la inteligencia.”
El cerebro no funciona de una manera tan sencilla.
Tampoco podemos afirmar que cada experiencia con plastilina produzca neuroplasticidad medible.
La neuroplasticidad existe y está ampliamente documentada, pero los cambios cerebrales dependen de la experiencia, la práctica, la intensidad, la repetición, la edad, el contexto y muchos otros factores.
Una revisión reciente sobre neuroplasticidad y función de la mano destaca precisamente que el sistema nervioso cambia en respuesta a la actividad, el aprendizaje y el entorno, y que la plasticidad puede aprovecharse mediante entrenamiento sensoriomotor.
La lección es sencilla:
Utilizar neurociencia no significa poner la palabra “neuro” delante de cualquier actividad.
Significa explicar con precisión qué sabemos y qué todavía estamos investigando.
¿Qué puede aportar entonces la plastilina a la neuroeducación?
Si reunimos la evidencia disponible, podemos identificar varias dimensiones interesantes.
1. Experiencia sensorial
La persona recibe información táctil mientras manipula el material.
2. Coordinación sensoriomotora
La información de los dedos y las manos ayuda a ajustar los movimientos.
3. Motricidad fina
Las acciones de precisión pueden contribuir al desarrollo de habilidades manuales, especialmente cuando forman parte de programas estructurados de intervención.
4. Representación tridimensional
Modelar permite convertir conceptos espaciales en objetos manipulables.
5. Aprendizaje activo
El estudiante deja de ser solamente receptor de información y participa físicamente en la construcción del conocimiento.
6. Resolución de problemas
La materia ofrece retroalimentación inmediata: si algo no funciona, hay que modificarlo.
7. Creatividad
El modelado permite generar, transformar, evaluar y volver a generar posibilidades.
8. Flexibilidad cognitiva
Modificar una estrategia cuando la primera no funciona es una parte frecuente del proceso creativo.
9. Expresión
La creación puede convertirse en una forma de representar ideas, emociones, historias y experiencias.
10. Atención e inmersión
Una tarea manual suficientemente significativa y ajustada al nivel de desafío puede favorecer períodos de concentración profunda.
¿Por qué las manos pueden convertirse en una herramienta educativa?
Tal vez esta sea la pregunta más importante.
Durante mucho tiempo, la educación estuvo construida alrededor de una idea implícita:
aprender significa escuchar, mirar, leer y responder.
Pero el aprendizaje humano también ocurre cuando:
tocamos, movemos, construimos, exploramos, transformamos y experimentamos.
La investigación sobre aprendizaje corporizado propone precisamente que cuerpo, entorno y procesos cognitivos están relacionados.
La plastilina representa muy bien esta idea.
El estudiante no solamente recibe información.
La manipula.
Y al manipularla, puede descubrir relaciones que antes eran solamente abstractas.
De una bolita de plastilina a una idea
Imaginemos a un niño frente a una pequeña porción de plastilina.
Ese proceso tiene una enorme riqueza educativa.
Porque el niño no solamente está construyendo un objeto.
Está experimentando una secuencia fundamental del pensamiento creativo:
imaginar → experimentar → construir → evaluar → modificar → volver a intentar.
La plastilina no es mágica. Y precisamente por eso es tan poderosa.
No necesitamos decir que la plastilina “activa el cerebro”.
El cerebro ya está activo.
No necesitamos afirmar que “crea nuevas neuronas”.
No existe evidencia para hacer esa afirmación de manera general.
No necesitamos decir que “cura la ansiedad”.
Tampoco sería científicamente responsable.
Lo que podemos decir es mucho más interesante:
la plastilina crea oportunidades para que el cerebro aprenda mediante la interacción entre percepción, movimiento, pensamiento y creación.
Y eso sí puede estudiarse.
Una nueva mirada a la plastilina
Quizá hemos cometido un error al considerar la plastilina solamente como un material para hacer manualidades.
La plastilina puede ser mucho más.
Puede convertirse en una herramienta para:
Y cuando una persona utiliza sus manos para transformar una idea en una forma concreta, sucede algo profundamente humano:
el pensamiento deja temporalmente la cabeza y se convierte en materia.
Conclusión
Tal vez por eso, cuando un niño toma plastilina entre sus manos, no deberíamos preguntarnos solamente:
“¿Qué está haciendo?”
También podríamos preguntarnos:
“¿Qué está pensando mientras lo hace?”
Porque detrás de cada presión de los dedos, de cada forma que aparece y de cada modificación existe una pequeña conversación entre el cerebro, el cuerpo y el mundo. Y quizá ahí encontremos una de las mayores riquezas de la plastilina:
cuando las manos crean, el cerebro también aprende.
Referencias científicas
